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  Roberto
  Gac Artigas

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Llegué a Calaceite siguiendo la ruta del tambor de la literatura, tocado por mis compatriotas, José Donoso y Mauricio Wacquez. Vine al pueblo por primera vez en 1983, pero sólo fue diez años después que compré la casita de la legendaria tía Raimunda, vecina de Donoso.
La casa -pequeña y oscura, con olor a humo y las ventanas tapiadas- tenía un indicio de terraza que daba directamente sobre la iglesia y los viejos techos del pueblo. Más allá de los tejados, brillando bajo el sol, se extendían los trigales y los viñedos, los campos de olivos y almendros que se multiplican hasta los puertos de Beceite, cortina de montañas que nos separa del Ebro y del Mediterráneo. Quizás porque soy chileno y nací al pie de los Andes, cerca del océano Pacífico, me pareció que volvía a mi tierra, a mi paisaje y a mi lengua.
Antonio Adell, artesano albañil de portentosa habilidad, transformó la casita de la tía Raimunda en la vivienda clara y asoleada donde vengo con mi familia en vacaciones desde París. Escribir en la terraza (ahora espaciosa, bordeada de plantas, salpicada de rosas, de jazmines, de cactus primorosamente florecidos) mirando el valle a mis pies o, casi frente a frente, el campanario, la techumbre y el ábside coronado por la cúpula azul celeste de la iglesia, es uno de mis grandes placeres de escritor. El mundo puede ofrecerse con toda su violencia, toda su fealdad, toda su injusticia a través de la pantalla de la televisión, pero desde mi terraza vislumbro el paraíso. Según la época del año, la hora del día o de la noche, golondrinas y bencejos, gorriones, palomas, incluso una pareja de lechuzas que ocupa gratuitamente el campanario, vuelan sobre mi cabeza como si quisieran invitarme a jugar, a volar con ellos. Siguiendo la dirección inversa a la de Dante en la Divina Comedia, bajo de vez en cuando al purgatorio calaceitano y me saludo con la gente que trabaja esforzadamente en el pueblo.
A menudo me paseo bajo las arcadas de la Plaza de España, suntuoso salón de piedra donde los ancianos tienen la costumbre de sentarse a discutir. Calaceite, como todo pueblo del mundo, también tiene su infierno, sus demonios, algunos tan inofensivos y simpáticos como Mefistófeles, otros malévolos y envidiosillos, quizás porque en general vienen de fuera, de las grandes ciudades donde se cultiva la arrogancía. Remonto las escaleras que me llevan de nuevo al Paraíso, vuelvo a la callejuela donde mis amables vecinos hacen tertulia delante de sus puertas al llegar el atardecer. Contemplo desde la terraza el cielo cuajado de astros y colores y, rememorando el camino recorrido y mi pasado, pienso -como Pío Baroja- que la literatura auténtica, por modesta que sea, siempre será un camino de perfección, abierto a la voluntad del Creador…

Roberto Gac, diciembre 2004